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¿Por qué comencé a Bailar? | Mis primeros pasos en el Baile.

Con algo más de 24 años en el medio artístico, un recuerdo que llevo con mucho gusto, y siempre comparto en mis clases, es cómo fueron mis primeros pasos en el mundo del baile. Nunca te imaginarías el por qué me inicié y como hoy sigue vigente.
Aquí mi historia…

Ser o no ser, ese es el punto, ¿O es parte del camino?

Iniciar con esta frase (al igual que Hamlet) hace que reflexione de quién era, quién soy y quién seré. Uffff… ¿Suena muy profundo no? Pero no hay de qué preocuparse porque es más sencillo de lo que parece. Y como ejercicio, puedes aplicarlo porque seguro te va a ayudar a ver las cosas desde otra óptica. Simplemente es ver el vaso medio vacío o medio lleno.

El quien era, es sencillo: es pasado. Es ver atrás y recordar, es tomar un tiempo para recorrer la película de mi vida por medio de recuerdos e imágenes gratas y no tan gratas sobre que he hecho. Viendo fotos y videos, hablando con amigos y familiares.

El quién soy, puede ser un poco más complicado para algunos, pero simplemente es: autoconocimiento. Y una forma simple de hacerlo (sin entrar en detalles muy profundos) es preguntarme ¿Que me gusta? ¿En qué soy bueno? ¿Que no tolero? ¡Cómo afronto la vida!

Para el quién seré, la respuesta es simple y rápida; ¡No sé! Por convicción estoy seguro que buscaré ser una mejor versión de mí mismo sabiendo que lo único seguro en la vida es el cambio. Y así comienza mi historia…

The Moonwalk

Pues así comienza mi historia, y tal vez la de varios en la época. Con el rey del pop: Michael Jackson, escuchando Thriller, Billie Jean y haciendo el famoso paso del Moonwalk. Recuerdo estar visitando a unos amigos de mis padres en Cumana (mi ciudad natal) y encontrarme con la carátula de un LP (disco de vinilo) sobre el sofá. Y justo allí, sonando “Billie Jean”.

Recuerdo que me marcó por ser una canción súper rítmica, con un bit muy marcado, y que logró hacer que transformara ese timing en movimiento, en baile. Recuerdo, intentar bailar en la cochera para que nadie me viera. Y recuerdo conectarme muchísimo más cuando comenzó a sonar “Thriller”.

Evidentemente, a mi manera y con los escasos recursos de un niño de 8 años, pero como todo, jurando que lo hacía perfecto. Recuerdo caminar y hacer y practicar y repetir de un lado al otro, hasta el cansancio, el paso del Moonwalk; tanto así que hoy, años después, está en mi memoria muscular, o creo tenerla ja, ja, ja.

Streets of Fire & Big in Japan

Luego de eso, de esa conexión de música y movimiento, le pedí a mi padre que me comprara mis primeros LP’s. Y recuerdo que me compró tres compilaciones de singles (porque no tenía ningún grupo favorito). Para la época, eran muy conocidos esos formatos. Y recuerdo haberlos escogido solo por lo llamativo de las portadas: Dynamite, Knock Out, Turbo Hit. Allí estaba el gran éxito de la época, “Big in Japan”.

Además, me compró un cuarto disco, que fue mi primer soundtrack (por lo que ahora entiendo el porqué de todos mis gustos musicales). Fue el de la película Streets of Fire, con las canciones “Tonight Is What It Means To Be Young” (official song) y “Nowhere Fast” de Fire Inc, además de “One Bad Stud” de The Blasters.

De aquí en adelante, escuchar bits musicales con cambios de velocidad, melodía marcada y mucha percusión se convirtió en mi leitmotiv musical: Rock.

¿Macho que se respeta no baila?

Seguramente, y al igual que yo, esa frase la habrás escuchado infinidad de veces… y en los años 90’s mucho más.

Después de seguir por el camino del Rock como forma de vida (en estilos como hard rock, heavy metal, punk rock, trash metal, entre otros), dejando atrás el moonwalk y adentrándome más en la movida de ir a conciertos, como el famosísimo Primer Iberoamericano de Rock 1991 en el autocine del cafetal (Donde Soda Stereo tocó “Cae el Sol” justo al amanecer del 5to concierto); me tropecé con la necesidad quinceañera de tener que aprender a bailar.

Obviamente, por cosas de la edad y por el errado paradigma social (no familiar) de que los niños no bailan, no quería hacerlo. Pero tenía que, pues era la mejor forma (al menos, la que encontré) para poder compartir con las chicas, en realidad una amiga en específico, pero que no entraré en detalles ja, ja, ja.

Y fue así como una amiga de bachillerato (la amiga en cuestión), tomó el reto de enseñarme. Recuerdo que fue con el disco Todo el Mundo de Proyecto Uno. ¿Recuerdas canciones como “Tan interesada” y “Brinca”?

Pues allí mis primeros pasos de baile en pareja y enfrentarme a la timidez de bailar cerca de alguien. De verdad fue un reto titánico el que tuvo esta amiga conmigo, por tener que lidiar con mi cortedad emocional (pues no quería demostrarle que me gustaba) y mi creciente pasión y fanatismo por el rock.

En fin, decidí poner en Stand By estos valiosos conocimientos adquiridos hasta la época universitaria. Entonces, entendí que tenía razón en bachillerato al pensar en el baile como el mejor recurso para compartir con el sexo opuesto. Y así fue, el merengue house fue mi gran aliado el primer año de universidad con la canción “Que es lo que quiere esa nena” del General, un himno de vida universitaria.

Hasta que, por azares del destino, mi novia en ese entonces (Amalia Franco), se mete en el grupo de danzas de la Universidad Simón Bolívar y comienzo a ir a los ensayos para verla y esperar que saliera.

Muy cómico era que la profesora de danza (Betty Mendoza) me insistía bastante para que entrara a bailar y yo que no, que no; estaba negado a la idea. Macho que se respeta no baila, ¿no? Ja, ja, ja.

Imaginen la escena de un ensayo de baile dentro de un teatro con las personas bailando y yo sentado en la butaca en primera fila simplemente viendo, sin más. Y cada vez que les enseñaban un paso de algún baile (entiéndase un paso de gaita de tambora, joropo oriental, de tambor de Aragua y San Millán, de Tamunangue, e infinidad de etcéteras), me hacía el loco y me iba a la parte de atrás del teatro a practicarlo, lo sacaba y volvía sentarme en la butaca sin decirle nada a nadie.

Pues, así transcurrieron unos 3 meses hasta que mi novia se da cuenta que ya me sé los pasos y arranca el gracioso proceso de conversión para comenzar a bailar. Estamos hablando que este proceso duró 3 meses o menos, terminando la historia (pero comenzando una nueva) justo en la biblioteca de la universidad bailando una gatita de tambora. Siendo esta mi primera tarima en el año 1996.

Es bueno aclarar también que, el grupo de danzas de la Universidad Simón Bolívar hasta 1995 era un grupo de danzas nacionalistas. Y gracias a la llegada de mi muy querida directora y profesora Betty Mendoza, junto a todos los integrantes de la época, que lograron convencerme de entrar, se decide reorientar el enfoque a Grupo de Danzas Tradicionales, fundando orgullosamente a MUGA – Grupo de Danzas Tradicionales de la USB.

¿Si no bailas, te la bailan?

Que locoooo… ¿si no bailas, te la bailan? Pues sí, podría decir que esa fue otra ancla para seguir bailando, pues la rebeldía rockera permanecía en mí, y no quería bailar salsa. Ya había aprendido a bailar tambor de Aragua (o al menos conocía como era el paso), pero no me animaba a bailar otra cosa.

En realidad, la salsa no era de mi agrado para nada, hasta que en un viaje con amigos de la universidad al pueblo de Chuao, estado Aragua, haciendo tiempo para ir en lancha, morral en piso y cerveza en mano, sentados en un local frente al río en Puerto Colombia (pueblo de la playa más abajo del pueblo de Choroní), es cuando un gran amigo me dice, que no es posible que no me guste la salsa y que estaba loco, que no había escuchado la salsa como se debe. Habla con un vendedor ambulante de CD’s y le pide poner una canción. Me dice: esta es la mejor pieza de salsa del mundo, toma la cerveza, mira al río, cierra los ojos y escucha. Y así fue, un tema que hoy por hoy me conecta con la salsa: “Las tumbas” de Ismael Rivera.

La historia termina cuando abro los ojos y está éste pana (amigo, como decimos en Venezuela) abrazado, con cerveza brindando en mano y cantando, con la gente del pueblo que iba caminando. Tremendo recuerdo para encontrar mi conexión musical con la salsa.

Pero no termina aquí, pues una cosa es aprender a tomar el gusto a escuchar la salsa y otra muy distinta es bailarla. Y es cuando en un famoso local salsero de la época (1996), El “Oh Gran Sol” en Sabana Grande (Caracas), sitio donde iban los salseros más duros, es que intento aprender, de la mano de mi novia. El tema es que duraba más tiempo sentado que otra cosa, pues ella bailaba muy bien y la sacaban a bailar a cada rato. Evidentemente no podía decirle que no, pues no era justo que lo hiciera simplemente porque yo no bailara o bailara mal (y cuando digo mal, es muy mal ja, ja, ja).

Muchos intentos después, junto a una extrema paciencia por ver como la sacaban a bailar, fue que, al fin, un año y pico después, aprendo a bailar salsa. Pero, no cualquier salsa, sino casino. Esta idea surgió de la misma directora de MUGA, para poder tener más herramientas a la hora de bailar en tarima. Es cuando al fin aprendo, a principios del año 1998, de la mano de Carlos Luis, bailador de Vasallos del Sol, mi primer profesor y maestro jedi en este nuevo mundo latino.

Pues así, aprendí a bailar. Muchas historias hay durante y después de este momento, y que luego les contare, como todo lo que me enseñó MUGA y el nuevo proyecto, para la época, que fue CARIBE Y PUNTO, donde Amalia y yo fuimos los directores.

¿Qué te parece mi historia? ¿Tienes alguna anécdota parecida?

The end.

Jesús Manrique «Jesuspachon»

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