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Los maestros de mi vida

“Los maestros afectan a la eternidad, nadie puede decir dónde termina su influencia”. Henry Brooks Adams.

¿Maestro?

Una de las palabras más bonitas y cargadas de bondad, de enseñanza, ¡Maestro! ¿Cuánto significa para un buen desarrollo humano?

En mi caso particular he tenido la dicha de contar con grandes Maestros, unos que me han inspirado, que me han aconsejado, que están pendientes de mí y que siguen siendo un camino por el que andar.

En mi paso tanto por el Colegio, bachillerato, como en la Universidad tuve la dicha de encontrar Grandes Maestros, quienes, por su amor a la docencia, me siguen inspirando. Muchos incluso ya no estando presentes en este plano.

Mi vida ha estado dividida y complementada por los estudios regulares y mi amor y disciplina a la danza. Hoy, DÍA DEL MAESTRO EN MI PAÍS, deseo rendirles este humilde homenaje a aquellas personas que han ayudado a formar a este ser humano que camina y baila al mismo tiempo.

De la misma forma en que un bebé abre sus ojos y comienza a evolucionar, a descubrir su mundo exterior y a reconocer su entorno, así se marcaron mis primeros años de vida, sin saber que la danza me acompañaría de manera profesional y sería mi sustento y mi vocación. Pienso que mis primeros pasos acompañados de grandes pedagogos demarcaron lo que hoy llamo mi pasión: Bailar y enseñar a bailar.

El principio

Cuando comencé a ir al “Cole” me vi rodeada de mucho amor, una directora mágica, llamada Laly y una maestra amorosa, Carmencita, con quien aún hoy guardo una estrecha relación e inolvidables recuerdos. Un maravilloso comienzo, podría llamarlo.

Carmencita Cineduc y Lela

Y en la danza…

La maestra Irma Dominguez en la reconocida escuela Voces Blancas fue el pilar que, junto con las magistrales clases de teoría/solfeo y canto de la reconocida directora Elisa Soteldo, sembraron la semilla. Muchos podrían dudar de mi capacidad de rememorar aquellos años, teniendo sólo tres añitos, pero los recuerdo perfectamente.

Lela pequeña posando

Como si fuera ayer recuerdo mi primera presentación «Homenaje a las Madres», recuerdo la canción que canté y que me tocó practicar durante muchas horas, hace mucho tiempo de eso, y hoy es una canción que canto a menudo: Yo quiero mucho a mi mama, yo quiero mucho a mi mama, mamita mía.

Pasó el tiempo, fui creciendo y conociendo a las mas grandes maestras de baile, ya con un poco más de edad conocí a la maestra Ivonne Curry, una hermosa bailarina de Tap, americana, había que hacer un curso para entender su español, pero es que la música y la danza es un lenguaje en sí. De Ivonne me quedé con su seriedad y su disciplina férrea, pero su amor infinito por enseñarnos a bailar, sin un grito su dominio de grupo era mágico y verla bailar te transportaba a un espacio seguro.

Éstas tres mujeres son mis raíces de danza, sus enseñanzas forjaron carácter en mí, disciplina, compromiso y respeto por lo que hago.

¡Gracias Maestras!

Llegó la hora de crecer…

¿Bailar jugando o jugar bailando?

En paralelo, ya en primaria pasé por una maestra de segundo grado, mala, ¡malísima! también hay que hablar de aquellas personas que se empeñan en etiquetarte, y hasta en intentar frustrarte, (la decisión al final es de uno). Una que creo veía en mí una frustración de ella y me amenazaba con lo que más amaba hacer, ¡Bailar! Le molestaban mis compromisos extracurriculares, no era tomada en cuenta y para ella todo lo hacía mal, escribía mal, dibujaba mal, en fin. Ella lo que no sabía es que mientras más me amenazaba y me decía que les diría a mis papás “que me sacaran del baile, porque yo lo que tenía que hacer era estudiar”, yo más me refugiaba en la música, la danza y en mis maestras de baile que sí me querían.

Fue un año feo, y sí me acuerdo con sólo 7 añitos, a ella ni mencionarla, aunque sí le doy las gracias. Gracias porque a corta edad aprendí a no ser como ella.

Llegué a tercer grado, 8 años, el mismo colegio, pero una profesora maravillosa que sí vio en mi las diferencias y las aplaudió, aún hablo con ella, mi querida Marinella Guastella, una maestra en todo el sentido. Respetó la pequeña artista que crecía e hizo mi año inolvidable, logrando superar todo trauma anterior.

En paralelo cambié de escuela de baile y me fui detrás de mi maestra de Jazz y Tap, Ivonne Curry, para seguir aprendiendo de la que más sabía en el tema. Cada paso lo recuerdo, cada coreografía, cada música seleccionada. Increíble, ¿no?

Pasó el tiempo, viví con ella la angustia de tener un hijo enviado a la guerra del Golfo, cuando su hijo regresó, ella decidió volver a su tierra con su hijo. Y tan pequeña, lo entendí.

Tenía que encontrar otro refugio…

En una fiesta familiar y con mariachis, vi bailar a mi prima la Bailaora flamenca venezolana Daniela Tugues, ¡y dije UAO! Yo quiero hacer eso, y recuerdo que le pregunté dónde bailaba, mi mamá que todo lo apoyaba siempre que lo terminara, me llevó a la Academia Siudy, de la reconocida bailaora Siudy Quintero. Dictaban clases de Tap avanzadas, hice la prueba y quedé. Con 8 años bailaba con adolescentes grandes en horario nocturno y mi mamá con la paciencia de una madre dedicada me esperaba cada día, a la misma hora.

Así conocí a la maestra Aloma Henríquez. ¡Que divinidad de clase! Las horas me pasaban volando, sólo quería bailar y bailar Tap con ella. A lo lejos se escuchaba el taconeo, la guitarra y el cante, yo seguía concentrada con mis flaps y mis shuffles; sí debo decir que lo que escuchaba al entrar y salir del salón me llamaba la atención, porque todo en Siudy era arte y baile.

Lela con Daniela Tugues
Lela con Alomita

¡A seguir creciendo… Bailando!

Mi querida Alomita tuvo una lesión y no pudo bailar más, a lo que dije “mamá quiero bailar flamenco”. Y en ese salón principiante, lunes y miércoles de 4 a 5 pm con la maestra Osmara Larrazabal, aprendí el braceo, las sevillanas, calentamiento y velocidad; con ropa de ensayo, sin reloj y sin comer chicle. Hasta que me cambiaron de salón, grupo avanzado con Siudita, quien apenas me llevaba 2 años y un poco más, asumí el reto. Y ahí me quedé por años de forma religiosa día a día, semana a semana, año por año. Siempre bajo la mirada atenta de mi crecimiento por parte de Alomita, Siudy mamá y Azilde.

Llegó la adolescencia… Esa etapa en la que uno no sabe nada, pero cree que se las sabe todas. Siempre me guiaron con amor, pero mano fuerte, inculcándome disciplina, compromiso y una fuerte entrega hacia mi baile. Espero que se sientan orgullosas de la persona que ayudaron a formar.

¡Lo que empiezas, lo terminas!

En esta etapa de la adolescencia mi mama fue una gran maestra porque cada vez que decía me retiro, no quiero bailar más, ella me decía estamos en febrero, en julio me dices y te retiro, ahorita no, lo que empiezas lo terminas. Así ha sido hasta hoy. ¡Gracias, mamá!

En siudy tuve la oportunidad de conocer a grandes maestros, a Domingo Ortega, Bailaor español quién no creo que recuerde a la niña, pero ha podido ver a la mujer y el cumplir de sus sueños. El maestro Rafael Campallo ¡Uao, Qué nivel de clases!

Pude bailar con grandes artistas, Martirio, cantante española, una delicia de mujer, simpática. Isabel Pantoja, regia y antipática, pero es la Pantoja. Bertín Osborne, un caballero enamorado de Venezuela. Participé en todas las presentaciones, mientras aprendía en silencio, bajo perfil y en tercera fila, no importa, yo observaba. Conocí a quien años después sería mi maestro particular, Goyo Reyna, que dulzura, siempre atento y paciente.

Lela con Siudy Mamá

Las clases con Siudy Mamá eran una delicia, apreciar el movimiento de sus manos, su cadencia, su mística y disciplina a la hora de enseñarte, pero su carácter, no se le escapaba ningún detalle y libra dios que llegaras tarde a un ensayo, como para no contarlo. Gracias Mamá Siudy por tanto.

Las clases de técnica con Azilde te sacaban la chicha, pero salías renovada, que presencia en clase y cuánto respeto, sin un grito ni una mala palabra.

El crecer y conocer hacen que quieras saber más, sobre todo cuando estás en el lugar indicado. Lela

Mis primeras alumnas…

Comencé a dar clases, ¡con tan sólo 16 años!, y la oportunidad me la dio mi primera jefa, Magdalena Frómeta una maestra también para mi vida. Creyó en mí y abrió un grupo de flamenco en su pequeña escuela Tearín.

Cambiar el rol, ya no era sólo alumna, ahora tenía unas pequeñas que me veían tal y como yo veía a mis maestros.

Las primeras alumnas de Lela

Ellas fueron, sin duda, quienes hicieron que descubriera en mí mi vocación por enseñar a bailar. Una vocación que está en mis genes gracias a mi papa, un MAESTRO DE VIDA como pocos, pura vocación, de esos maestros que predica con el ejemplo.

Con mis primeras alumnas identifiqué que no sólo era mi pasión por bailar, sino por enseñar a bailar. Fui aprendiendo con el tiempo, y con ellas, mejores herramientas para hacerme explicar, sin olvidar que uno es también un ser humano y no siempre está del mismo humor. Aunque suene loco, me inspiraron a enseñar.

La vida y sus encuentros…

Conocí a la bailaora Helena Pachón quien vivió un tiempo en Caracas y fue quien definitivamente me enseño a bailar sin miedo, con respeto siempre, pero sin miedo. Me enseñó que a la Buleria no se le teme, se le respeta y me invitó enseñándome con mucho amor a bailar por derecho, a mandar a mis músicos, a expresarme con libertad, pero con conocimiento; junto al maestro Goyo Reyna aprendí a disfrutar de las enseñanzas que el flamenco me regalaba, porque todo llega cuando tiene que llegar.

Helena Pachón
Goyo Reyna

Llegó mi momento y el momento de Siempre Baile

Ya en la universidad y habiendo pasado por un bachillerato en humanidades en el Colegio La Salle La colina, con maestros fantásticos como el hermano Pascual y sus clases de religión para la vida, el maestro Jesús Pérez, quien entendió que los números para mí sólo eran parte de un compás para bailar y sin embargo me llevó de la mano, un coordinador como Abdelkader Vazquez, mejor conocido como “atomito” y una profe como Pili con quien conocí a Dalí, Picasso y leí el mío cid con una entrega total, cada clase era un viaje. Amé al quijote y sancho Panza, aprendí del museo del prado y viajé con ella.

Me gradué de bachiller y ahora ¿qué estudio?

¡Una carrera hija, por favor una carrera! Me decía mi papa, te apoyo en tus sueños, pero estudia en la universidad.

¿Qué estudio? ¡Si lo que quiero es bailar!

Pensé en turismo, pero debía irme a Mérida o al Litoral ¡No! ¿Y dónde voy a bailar? Hasta que, hablando con mi hermana mayor, me dijo “estudia comunicación social” y así lo hice.

En la Escuela de comunicación social de la Universidad Central de Venezuela, ya nadie me decía que hacer, todo lo aprendido en el salón de baile lo llevé a mis días como universitaria, la constancia, la disciplina, el respeto a tus maestros (salir de clases en la mitad de la clase no era ni remotamente una opción) y la vida me regaló seres fantásticos.

El profesor Antonio Nuñez, mis primeros pasos como futura escritora. Gerardo Oviedo, un profesor único que le complacía leer mis noticias y entrevistas culturales y de flamenco. Una profesora genial, Moraima Guanipa, con sus conocimientos de cultura y su buena promoción periodística; Marcelino Bisbal, con sus exámenes finales basados en películas y sus problemas sociales contemporáneos.

Leoncio Barrios, de quien siempre supe su afición por bailar salsa y con quien hoy guardo una estrecha relación, porque la danza une y unirá por siempre. Un Adolfo Herrera quien me consintió como un padre y me enseñó la mística que todo periodista debe tener, en fin, personajes maravillosos que nunca olvidaré.

Palabras de Leoncio Barrios

¿Y qué pasó con el baile?

El baile me ha acompañado siempre, crecí, me hice adulta y entendí que todo lo que he querido siempre está alrededor de la música, de un salón de baile, de un taconeo bien hecho y de un braceo que me sella y me distingue. Ya con mi estudio formado he podido conocer a grandes maestros, pero mejores personas, en el baile a Raúl el duende, bailaor español.

Alfonso Losa, bailaor español. Más recientemente pude reencontrarme con mi viejo maestro Domingo Ortega; de todos he aprendido, los respeto a todos y quiero, más pronto que tarde, volver a tener el placer de estar en sus salones aquí o allá, donde sea.

Lela con Raul el duende
Lela con Domingo Ortega
Lela con Pierre Dulaine

Con el pasar del tiempo las metas y objetivos van cambiando, haciéndose fuertes. Recientemente conocí al maestro de maestros, Pierre Dulaine, esa reunión significó un antes y un después en mi vida profesional; de ese encuentro guardo una seria conversación de lo que puede significar para un ser humano toparse con un buen maestro, una buena guía. Un encuentro que agradezco a Dios todos los días.

Gracias a los maestros de mi vida hoy puedo decir que me siento plena. Que los caminos que decidí tomar llevan la huella eterna de cada uno. Que nunca han dejado de enseñarme y yo nunca he dejado de aprender de ustedes. Gracias por estar en mi vida, gracias por tener la suerte de dejarme llamarlos maestros; gracias por su legado, a los que hoy no nos acompañan y los que aún viven ¡Que tengan el mejor día, su día!

De su eterna alumna, María Graciela González. Lela.

María Graciela «Lela» González

3 Comentarios

  1. Avatar

    Que bonito homenaje a tus maestros de vida amiga!!
    Gran artículo!

    Responder
  2. Avatar

    Excelentes huellas dejaron tus maestros y lo mejor, eres agradecida!!! Que sigan los éxitos querida profe !!

    Responder
  3. Avatar

    Siempre te recuerdo con mucho cariño mucho éxito Lela…

    Responder

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